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¿A quién le pertenece la lluvia?

  • Writer: Eliana Bonczok
    Eliana Bonczok
  • 10 hours ago
  • 4 min read
This story was originally shared at Stockholm International Water Institute's (SIWI) Global Showcase of Water Stories (Water in Communication 2026)

Hay un tipo de silencio que solo reconocen quienes saben escuchar el campo. No es ausencia de sonido — es ausencia de lo que debería estar. Mi vecino Antonio Bastía es apicultor hace treinta años. Empezó de chico y llegó a tener ciento veinte colmenas. La miel alcanzaba para la familia y sobraba para vender a los vecinos que sabían dónde golpear.


Antonio Bastía, apicultor, junto a un enjambre — Valle de Uco, Mendoza.  Foto: gentileza Antonio Bastía.
Antonio Bastía, apicultor, junto a un enjambre — Valle de Uco, Mendoza.  Foto: gentileza Antonio Bastía.

Hoy tiene cuatro colmenas en el barrio. Y la última vez que revisó los marcos, encontró miel en uno solo. Tan poca, que decidió no cosecharla. La dejó para que comieran las abejas.


Un apicultor que alimenta a sus abejas con su propia miel.


El cambio, dice, empezó hace cinco o seis años.  Las flores silvestres que sostenían su producción — el cardo mariano, el meliloto, la achicoria, el hinojo, la rúcula, el nabo, el alfilerillo y la correvuela — han desaparecido de las orillas de los caminos. Los herbicidas que la agricultura aplica para limpiar la vegetación espontánea — lo que Antonio llama simplemente matayuyos — quemaron esas franjas. Lo que para la agricultura es maleza, para las abejas era despensa. 


Desde 1959, la provincia de Mendoza interviene las nubes de tormenta liberando yoduro de plata desde generadores instalados en la precordillera. El objetivo: reducir el granizo para proteger los cultivos.


En 2024, el propio gobierno reconoció que el sistema "no tiene eficiencia segura". Más de sesenta y cinco años de intervención atmosférica sin que nadie pudiera demostrar que había funcionado.

Generador antigranizo de superficie, RNN 188 km 441. Foto propia.
Generador antigranizo de superficie, RNN 188 km 441. Foto propia.

Los datos meteorológicos de la estación Tunuyán, a pocos kilómetros de las colmenas de Antonio, cuentan otra historia. Entre 1997 y 2009, el Valle de Uco recibía en promedio 402 milímetros de lluvia por año. Entre 2010 y 2022, ese promedio cayó a 300 milímetros — una reducción del 25% que la variabilidad natural del Pacífico no alcanza a explicar.


Precipitación anual en Tunuyán (1997–2022) por fase ENOS, con estimación de colmenas en el barrio. Fuente: Dirección de Contingencias Climáticas, Mendoza; testimonio del vecino apicultor.
Precipitación anual en Tunuyán (1997–2022) por fase ENOS, con estimación de colmenas en el barrio. Fuente: Dirección de Contingencias Climáticas, Mendoza; testimonio del vecino apicultor.

Y sin embargo, nadie ha medido qué ocurre con el yoduro de plata después de décadas de precipitar sobre el mismo territorio. 


"Antes todo lo que era primavera, flores de primavera, florecían en primavera porque también era diferente el clima y la lluvia", recuerda Antonio.

Pero cuando el banco de semillas del suelo se empobreció por años de sequía acumulada, cuando las orillas de los caminos fueron tratadas con herbicidas que eliminaron la vegetación espontánea, cuando las acequias que dan agua a las abejas acumularon años de contaminación – en ese momento, una temporada de mejores precipitaciones ya no alcanza para revertir lo que se perdió. Algunas pérdidas no esperan a que vuelva la lluvia. 


Mendoza administra el agua desde 1884. Durante más de un siglo, la disputa ocurrió en la tierra — sobre los ríos, los acuíferos, los canales y los derechos de riego. Lo que está ocurriendo ahora es más difícil de ver: la disputa se trasladó al cielo.


Antonio no sabe nada de yoduro de plata ni de presupuestos provinciales. Pero lleva treinta años mirando el cielo desde su barrio, y algo cambió.


Las colmenas que Antonio tiene en fincas productivas – donde el agua llega por turnos de riego, donde los cultivos florecen por contrato – siguen funcionando. El problema está acá, en el barrio, donde la flora es silvestre y el agua depende del cielo.


¿A quién le pertenece la lluvia? En Mendoza, como en tantos otros lugares del mundo, la respuesta práctica parece ser: a quienes pueden pagar para decidir cuándo cae. El resto - los pequeños productores, los ecosistemas de secano, la flora que no cotiza en ningún mercado – aprende a vivir con lo que sobra. O aprende a desaparecer.


Vivo en este valle, en la provincia de Mendoza, Argentina. Es una geografía de una belleza que intimida: viñedos que trepan hasta la cordillera, fincas que producen algunos de los vinos más reconocidos del mundo y un sistema de riego que aprendió a hacer florecer el desierto. Lo que no siempre se cuenta es lo que queda afuera de ese sistema. La flora silvestre no tiene turno de riego. Los pequeños apicultores no cotizan en bolsa. Y la lluvia, esa vieja forma democrática de distribuir el agua, que no requería turno, ya no cae con la misma generosidad de antes.


Cuando el Estado interviene el ciclo hidrológico en beneficio de un sector productivo sin evaluar el impacto en los demás, no está tomando solo una decisión técnica. Está decidiendo quién merece el agua.


Mientras escribo esto, mi vecino sigue yendo a revisar sus cuatro colmenas. No las desarmó, aunque cualquier cálculo razonable le diría que no vale la pena. Sigue ahí, esperando que las flores que faltan decidan volver, o que alguna decisión humana — no necesariamente la suya — les abra paso. No es ingenuidad. Es una forma de resistencia tan silenciosa que casi nadie la nota: seguir apostando a algo vivo en un territorio que parece haber decidido que solo importa lo que se cosecha en marzo.


Yo no tengo colmenas, pero tengo esta pregunta, y elijo no guardármela. Si este ensayo llega a oídos en Estocolmo, en Mendoza, o simplemente en la mesa de quien lo lea, ya habrá hecho lo único que estaba a mi alcance: decir en voz alta lo que en el valle se murmura entre vecinos, pero rara vez se escribe. A veces, la esperanza no es una promesa de cambio. Es la negativa a callar mientras se espera.


Escribo esto en 2026, el año en que el mundo del agua converge en Estocolmo para hablar de acción colectiva. No tengo una solución que ofrecer a esa mesa. Tengo, en cambio, una certeza pequeña y terca: que las historias que no se cuentan no pueden formar parte de ninguna acción colectiva. Esta es apenas una. Hay miles más, en valles como el mío, esperando que alguien las escriba.

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